El hombre estaba acurrucado en un pozo de zorro, durante una semana había estado bajo el fuego de artillería, y parecía que las explosiones estuvieran cada vez mas lejos.
Le pregunté si se encontraba bien. Me dijo que sí, que con el correr de las horas, uno se habitúa a los estampidos, y al segundo día ya puede hasta dormir.
Me dijo que su temor mayor no estaba ni en las bombas, ni en los disparos, sino en el silencio entre ataque y ataque.
Durante los momentos de silencio no sé si hay un espacio entre los ataques o si estoy muerto y ya no siento nada.
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